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Revistas literarias y culturales del franquismo.

 
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MensajePublicado: Vie 6 Feb 2009, 10:16 pm    Asunto:  Revistas literarias y culturales del franquismo. Responder citando
Fuente:http://www.geocities.com/jaoskam/revista.htm (excepto la imagen, que la he sacado de la red)







LAS REVISTAS LITERARIAS Y POLITICAS
EN LA CULTURA DEL FRANQUISMO

Jeroen Oskam
Universiteit van Amsterdam

Publicado en: Letras peninsulares 5.3 (1992): 389-405

Como fuente imprescindible para el acercamiento a la historia del pensamiento y de la literatura del franquismo, se ha intensificado desde hace algunos años el estudio de las revistas de la época. Un punto de referencia casi obligatorio lo constituyen los condicionamientos sociales y políticos y, particularmente, la censura: no hace falta ninguna visión preconcebida o parcialidad «politizada» para ver que el franquismo ha dejado en la prensa una impronta no sólo accidental, sino que ha determinado y encauzado su historia totalmente. Las exigencias del trabajo periodístico y, para muchos, la dependencia económica de la profesión excluían, evidentemente, la opción por el «imposibilismo» y condenaban al periodista crítico a lo que José Angel Ezcurra, antiguo director de Triunfo, ha llamado el «semioperiodismo».1 En general, las relaciones ideológicas e incluso institucionales entre producción y coacción periodísticas son tan estrechas en algunas etapas del franquismo que a veces parece más difícil sortear el problema de la censura que tomarlo en cuenta. Y en todo caso, aquello resultaría mucho más parcial.

Ante la imposibilidad de negar la influencia del sistema censorio sobre la cultura, y la falta de recursos ideológicos que hoy en día lo puedan justificar, la estrategia más conveniente para quienes anteriormente se ensuciaron las manos es la de minimizar su importancia, particularmente mediante la reducción de su significado a problemas meramente relacionados con la moral y las buenas costumbres. El resultado de esta operación es una inversión de los términos que convierte a opresores y oprimidos en moralistas caricaturescos y pícaros ingeniosos.2 De esta manera, el control que el franquismo ejerció sobre la cultura puede ser parangonado con las noticias que de vez en cuando nos siguen llegando acerca de incidentes producidos en países de talante democrático: también en Inglaterra e Italia se prohibieron libros y películas juzgados inmorales, y no hace mucho se desenvolvió en los Estados Unidos una polémica sobre el uso de los llamados «textos explícitos» en la música pop. También se ha llegado a ver en las deficiencias de la actual democracia española una reinstauración de la censura (Amell 318-320).

Por muy graves y perniciosas que sean tales situaciones desde el punto de vista de la libertad y la cultura, no se trata de diferencias tan sólo graduales, pues el alcance, la organización y la ideología de estas presiones en las sociedades actuales no pueden compararse ni remotamente con el control sistemático de toda expresión cultural efectuado bajo el franquismo. Este resulta equiparable más bien, durante su primera fase, con los métodos de los totalitarismos afines, pese a la superficialidad del parentesco en otros aspectos. La censura franquista fue ideada para completar el proceso de eliminación total ---física y espiritual--- de los adversarios de un régimen político y los grupos sociales que éste representaba. Y como el conflicto social se convertía así, también en la óptica franquista, en lucha permanente, el régimen de prensa no necesitaba ni siquiera del pretexto teórico de pertenecer a un «estado de emergencia» de carácter transitorio, sino que formaba parte constituyente de los planteamientos morales de la Nueva España.

Es perfectamente lógico, por ello, que el franquismo no sólo se propusiera erradicar el mal, sino que se sintiese obligado a guiar a la nación que mediante la sublevación y la guerra había puesto bajo su custodia, hacia una ideología, una moral y una estética concordantes con el bien que pretendía encarnar. De ahí la identificación entre censura y producción periodística aludida al principio. Aún cabe añadir que no se trata simplemente de un supuesto teórico, sino que en la práctica esta compenetración se vio reflejada en las estipulaciones legales relativas a la designación de los directores de periódicos3, y en la intervención activa de organismos estatales en la fundación y publicación de revistas.

La exclusividad y el consiguiente florecimiento de las publicaciones fundadas por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda y por grupos falangistas ligados al Estado de manera más bien informal, fue particularmente importante mientras estaban en auge, a nivel internacional, los sistemas totalitarios y la España franquista se mantenía fiel a su forma inicial. Estas publicaciones de la inmediata posguerra son las que están más y mejor estudiadas hasta ahora, cosa que sin duda se explica por la importancia que tuvieron tanto en la vida cultural del momento como para las evoluciones posteriores de la poesía, sobre todo.4 Parece evidente que este papel no puede desligarse de la situación totalitaria de la cultura.

Una primera revista de importancia fue Vértice, órgano de propaganda, de aspecto lujoso, publicado por el grupo falangista de Pamplona entre 1937 y 1946, estudiado, ya hace bastante tiempo, por José Carlos Mainer. Contando con colaboradores de estirpe falangista pura, como Giménez Caballero, Samuel Ros, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo y con conservadores en un sentido más tradicional ---Agustín de Foxá, Manuel Halcón, José María Pemán, Eugenio D'Ors---, fue pasando de portavoz de la estética falangista hacia, una vez terminada la guerra, posiciones nostálgicas de carácter burgués (Mainer Falange 42-44; Literatura y pequeña burguesía 213-240). La tendencia más radical y belicosa se continuaría en revistas como Juventud, órgano del Sindicato Español Universitario (SEU) que dependía de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, y en Garcilaso. Esta última, que gracias a su significado clave para la historia de la poesía en el primer franquismo está analizada en distintos trabajos sobre la literatura de la época, era el portavoz agresivo, como de su nombre se deduce, de una poesía formalmente clasicista y políticamente militante, que en la revista convivía con orientaciones más esteticistas (Concha La poesía 356-392; Rubio 108-121; Pont). Según Juan Aparicio, a la sazón Director General de Prensa y Propaganda, declararía más tarde al diario Pueblo, Garcilaso era una «operación política» que salió de su despacho oficial; la revista se financió veladamente por la Delegación a través de la duplicación de los pagos que José García Nieto recibía por su trabajo en el semanario El Español (Concha La poesía 366) y desapareció, en consecuencia, con el cese de Aparicio. Resulta significativo que las tres revistas mencionadas compartan la circunstancia de contar con censores entre sus colaboradores dirigentes: aparte del ya citado Ridruejo, Director General de Propaganda durante la guerra, el redactor-jefe de Juventud era Camilo José Cela y el director de Garcilaso, Pedro de Lorenzo.

El semanario El Español, de tanta importancia para Garcilaso no sólo desde el punto de vista material, sino porque desde sus páginas el grupo fundador de esta revista lanzó sus primeros manifiestos5, sí dependía abiertamente de la Delegación. Fundado por Juan Aparicio en 1942, se ocupaba de temas políticos y culturales con un enfoque claramente propagandístico y, a pesar de la fecha ya algo tardía, marcadamente pronazi, caracterizándose en temas literarios, al decir de José Carlos Mainer, por su «incultura agresiva» (Falange 56). En 1944 Aparicio fundó otra revista dedicada exclusivamente a la literatura, La Estafeta Literaria, que se proponía aún más claramente que la primera restablecer una aparente continuidad cultural con el período prebélico, y mitigar o tergiversar de esta forma el panorama desolado de la cultura española tras la muerte y el destierro de sus intelectuales más destacados. Esta publicación, interesante sobre todo en su primera etapa hasta 1946, es considerada como un intento de resuscitar La Gaceta Literaria que Giménez Caballero dirigió en la preguerra, y en la cual el propio Aparicio empezó su carrera. Colaboran en La Estafeta representantes de distintas tendencias literarias, aunque con cierto predominio de los garcilasistas; más notablemente, sirvió de «plataforma de lanzamiento» de los protegidos de Aparicio, como Víctor Ruiz Iriarte, José García Nieto y Camilo José Cela (Rubio 56-72; Mainer Falange 57-5Cool.

Igualmente financiada por la Delegación Nacional de Prensa era Escorial. Bajo un nombre no menos fascistizante que las otras revistas, viene a constituir sin embargo para la crítica una primera manifestación del «falangismo liberal» hacia el cual evolucionaba el grupo dirigente formado por Ridruejo, Laín Entralgo y Tovar (Mainer Literatura y pequeña burguesía 241-262; Díaz Pensamiento 26-2Cool. Pese a la misión política que se atribuía, su característica principal era la aspiración a reintegrar a los intelectuales que no militaban en el bando vencedor, o la ambición, como dice Serrano Suñer, de «absorber ideológicamente a la España roja» (cit. por Wahnón Estética 323). Contreras analiza sus principales componentes ideológicos; en un trabajo más reciente Sultana Wahnón matiza la interpretación de la revista como liberal, demostrando de manera convincente que la revista era ideológicamente fascista y entroncaba en sus convicciones literarias, por lo menos hasta 1942, con la estética elaborada antes de la guerra por Giménez Caballero en su libro Arte y estado (Estética 170-184). El que la revista pasara, en 1943, a manos de un grupo de católicos que posteriormente se revelarían como miembros del Opus Dei, como sugiere Fanny Rubio (32-33), no puede ser confirmado con absoluta seguridad.

El panorama del primer franquismo resultaría incompleto sin referencia a algunas publicaciones independientes marginales en cuanto a sus medios o difusión, pero no obstante cruciales en el proceso poético de la posguerra. Las más importantes, Corcel en Valencia (Rubio 427-437) y Espadaña en León (Rubio 256-272; Concha Espadaña, La poesía 436-485), adoptan una actitud contestataria frente a la estética garcilasista; algo similar puede decirse de la revista santanderina semioficial Proel ---publicada bajo los auspicios del Ateneo local y apoyada por el gobernador y del subjefe provincial del Movimiento--- (Rubio 233-242; Torre 133-134; Concha La poesía 441-442). Además de este aperturismo temprano llama la atención el hecho de que Espadaña apenas sufriera incidentes con la censura (Concha Espadaña 393-394); podría resultar interesante ver hasta qué punto influyen en el papel de tales publicaciones la delegación del control de prensa a las Provincias, y las posibles inconsecuencias e imperfecciones en comparación con la Dirección General en Madrid.

Una redefinición ideológica, impuesta por las circunstancias internacionales durante la etapa final de la guerra mundial, tanto para distinguir el régimen franquista de los totalitarismos amenazados de derrota, como para poner de manifiesto unas peculiaridades con respecto al liberalismo occidental que justificaran una prolongación de la dictadura, fue emprendida a partir de mediados de 1942 por la Revista de Estudios Políticos, fundada el año anterior (Díaz Pensamiento 28-32; Portero 46-53), y, en otro campo, por la Revista de Ideas Estéticas, que existió desde 1943 (Wahnón Revista de Ideas Estéticas). Como ha quedado perfectamente claro por la posterior evolución del franquismo, la redefinición de hecho realizada cumpliría con ambos requisitos: no significó una liberalización o un aflojamiento de la dictadura sino un relevo del sector político falangista por la tendencia acenepista del catolicismo, representada por el ministro Alberto Martín Artajo. Aunque este sector, y particularmente el ministro Ruiz Giménez, favoreciera en los años cincuenta un limitado aperturismo dentro del régimen, la ideología del catolicismo, lejos de ser monolítica, estaba dominada durante la década de los cuarenta por una tendencia integrista con aspiraciones no menos totalitarias que otras familias del régimen. Este pensamiento quedó perfectamente definido por el obispo de Jaca en una época anterior:

Si se nos manda que a Dios demos lo que es de Dios y al César lo que es del César, no se nos permite desconocer que el César ---es decir, el Estado, los Poderes Públicos y toda la Sociedad Civil--- también pertenece a Dios.6

Los proyectos para una «totalización dominadora» de la religión son de especial interés para el tema que nos interesa, ya que estas ideas repercutieron directamente en las polémicas iniciadas por los católicos sobre el régimen de prensa y la censura en general. En este debate entre representantes del Estado y la Iglesia, desde sus órganos respectivos El Español y Ecclesia, las posiciones de la última mostraban, de acuerdo con Javier Tusell, un «inequívoco talante liberalizador» (346), si bien compartía con el Estado el principio de la necesidad de un sistema de censura previa como salvaguarda de una verdad única e incuestionable, o en las palabras del ministro Arias Salgado, de «una norma permanente de moralidad objetiva y superior a nosotros mismos» (287). Concretamente, según se declararía en un editorial de Ecclesia de 1950, «exactamente como la libertad de andar por la calle no es la de andar desnudo, la de publicar un periódico o de fundar una agencia no es la de mentir y difundir mentiras.»7

Una disminución del control estatal bajo la condición de mantener firme el resguardo de la verdad católica y de reducir la libertad propuesta a una «libertad para lo bueno», encaja a la perfección en la aludida visión política del catolicismo integrista. La finalidad que la Iglesia daba a la polémica quedó formulada expresamente por el cardenal Pla i Deniel, quien advirtió que una nueva ley de prensa debía reconocer «la libertad de fundación de periódicos con garantías y responsabilidad que regule la ley y, sobre todo, ha de reconocer esta libertad a la Iglesia para tener prensa católica».8

El ejemplo más ilustrativo de esta orientación totalizadora lo encontramos en la mencionada publicación eclesiástica (Tello Lázaro Ecclesia 128-130), en cuya sección literaria se llevó a efecto, desde 1944, un ambicioso proyecto de perfeccionar la censura estatal con unos dictámenes y consejos a los lectores en materia de libros. En esta «orientación bibliográfica» se hacía uso de un complicadísimo sistema clasificando los libros de acuerdo con su grado de moralidad como prohibidos, reprobados, dañosos, peligrosos, frívolos, inofensivos, morales o moralizadores; una segunda graduación determinaba su aptitud para diez estratos distintos de lectores según su formación, posición social y edad. Resulta sorprendente ver cómo los criterios de Ecclesia, bajo una censura estatal de una rigidez y ortodoxia religiosa ejemplares, conseguían superar la intransigencia del aparato estatal tanto en sus aspectos moral y religioso como político. Numerosas obras ya aprobadas por la censura franquista caen en categorías prohibitivas o restrictivas, bien por anticlericales, heréticas o inmorales ---La fiel infantería, La familia de Pascual Duarte, La montaña mágica, obras de autores como Galdós, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán y Unamuno, pero también de H.G. Wells o Julia Maura; incluso, para niños, un libro como Maya la abeja---, bien por consideraciones políticas ---autores reconocidamente subversivos como Luigi Sturzo y Winston Churchill---, con una postura al menos ambigua en sus reseñas de críticas al nazismo alemán (Abellán y Oskam).

Hace falta tener en cuenta el clima agobiante de una cultura dominada y manipulada por este «nacionalcatolicismo» para apreciar justamente el significado de los aparentemente tan modestos esfuerzos realizados por las primeras grandes revistas independientes. En primer lugar, conviene destacar que la creación de una revista era tarea difícil y en la práctica hecha imposible por una serie de preceptos legales. A fin de solucionar este problema, se solía recurrir a publicaciones o meros nombres ya existentes para ir modificando luego su contenido. Las dos más importantes durante los años cincuenta, Insula e Indice, nacieron como boletines de librería. La revista barcelonesa Destino se fundó durante la guerra en Burgos como órgano de FET y de las JONS para la colonia catalana en el campo nacional. Triunfo se transformaría posteriormente de una revista algo trivial de espectáculos en una de las publicaciones más importantes de la oposición.

Insula fue la primera importante revista independiente de la posguerra; fundada en 1946, sigue saliendo hasta la fecha. Como insinúa su nombre ---que data de su origen como boletín de la librería «Insula»---, sería una isla de tolerancia en medio de una cultura puesta al servicio del franquismo. Dando cabida en sus páginas a los intelectuales más influyentes de cada momento, y particularmente los que se encontraban borrados de la cultura española en las publicaciones oficiales, llegó a convertirse, según la conclusión de Manuel Abellán en un estudio preliminar sobre la primera etapa de la revista, en «cabeza de puente» entre los intelectuales del interior y los exiliados.

En una misma línea aperturista puede incluirse la revista Indice, que alcanzó su mayor importancia después de ser adquirida en 1951 por el extremeño Juan Fernández Figueroa, siendo ésta a la sazón la manera menos obstaculizada legalmente para fundar una revista. Considerada como gemela o más bien rival de Insula, también está generalmente reconocido, por otra parte, que Indice, centrada un poco más en temas relacionados, por remota y enmascaradamente que fuese en un principio, con la política, adoptaba una actitud menos «prudente» y cautelosa que la otra revista (Díaz Pensamiento 45). Ciertas circunstancias, sin embargo, como la procedencia del propio Fernández Figueroa, antiguo oficial en el campo de los sublevados y ex redactor de El Español y La Estafeta Literaria, dieron lugar a que la revista fuese tildada por algunos medios de la oposición de entonces y aún en un estudio de la literatura franquista publicado hace cuatro años, de «semioficial» (Rodríguez Puértolas 381).9 En efecto, hay motivos para sospechar que Indice contaba, a la vez que con donaciones de algunos exiliados en México, con ciertos apoyos oficiales. Incluso consta que la revista recibió alguna que otra subvención oficial del ministro Arias Salgado. Hay indicios también de que el Estado la apoyaba velada y quizás involuntariamente al contratar Fernández Figueroa a los colaboradores de Indice ---que no cobraban--- en Radio Nacional, de cuyo tercer programa era redactor-jefe. Todo esto no obsta para que en sus páginas pudieran exponerse ideas controvertidas tanto cultural como políticamente y que en ellas evolucionaran hacia el socialismo colaboradores jóvenes como Francisco Fernández-Santos, José Aumente y, qué duda cabe, muchos de sus lectores. Por ello no es extraño, sino simplemente una de las paradojas típicas del franquismo, que gracias a la posición ambivalente de su director, Indice se viese relativamente libre de coacciones gubernamentales (Oskam Falange).

De modo semejante cabe señalar que algunas revistas editadas por el SEU, gracias a la actitud aperturista de los responsables, podían transformarse en plataformas para una toma de conciencia crítica en algunos círculos estudiantiles: ejemplos son La Hora, Alcalá y, más tarde, Acento Cultural.10 A menudo relacionada con el falangismo estudiantil, aunque gozara de una extraña independencia todavía sin aclarar11, está la revista barcelonesa Laye, con colaboradores como Manuel Sacristán, Esteban Pinilla de las Heras, José María Castellet y los hermanos Ferrater, sobre la cual Laureano Bonet publicó hace tres años un estudio «biográfico» seguido por una antología. Más recientemente Jordi Gracia ha realizado una investigación interesante sobre la revista juvenil barcelonesa La jirafa, que al igual que El Ciervo era independiente y defensora como esta otra de un liberalismo católico abierto inspirado en el pensamiento de Ruiz Giménez, Laín y Aranguren.

Es importante advertir que las revistas que acabamos de insertar en las tendencias aperturistas iban alejándose progresivamente de sus posiciones iniciales aún vinculadas con el régimen, después que las protestas estudiantiles y la consiguiente represión pusieran de manifiesto, en febrero de 1956, la inviabilidad de las tentativas de liberalizar el franquismo desde dentro. En la prensa, quedó claro que el aperturismo había rebasado los límites que Franco le había puesto por la suspensión temporal de Insula e Indice, y la desaparición de revistas menores, como Alcalá y Haz, pertenecientes al SEU, y Objetivo, revista cinematográfica. Por otra parte, todavía no se ha aclarado cómo bajo aquellas circunstancias tan dificultosas pudo producirse la fundación ---al mismo tiempo que la de Punta Europa, del Opus Dei, y el resurgimiento de La Estafeta Literaria--- de una importante revista independiente como sería Papeles de Son Armadans, dirigida desde Mallorca por Camilo José Cela. Sobre esta revista puede decirse, de acuerdo con el acertado análisis de J.I. Moraza, que apoyaba las distintas corrientes de innovación artística, aunque ---y quizás sea esto un indicio--- no reflejara directamente la politización y las preocupaciones sociales que se estaban imponiendo en los demás órganos aperturistas.

No creo que haga falta ya dedicar muchas palabras al significado de la Ley de Prensa, promulgada en 1966 por el ministro Manuel Fraga pero preparada anteriormente desde otros sectores del régimen (Fernández Areal 243). Las investigaciones sobre el tema coinciden en que fue una operación «cosmética», cuyo principal fin era convertir en ley lo que la evolución interna del franquismo iba haciendo necesario: conceder una cierta libertad de acción a las fuerzas que participaban en su «pseudopluralismo», manteniendo en vigor la exclusión rigurosa de las opiniones que se oponían al sistema franquista (Abellán Censura y práctica censoria 37-40). Incluso, la profesión periodística se hacía más arriesgada al convertirse el régimen basado en una censura previa en uno que acentuaba la posibilidad de tomar medidas posteriores a la publicación contra los responsables (Oskam La censura 230-232). En la práctica, la liberalización conseguida bajo la Ley de Prensa fue muy desigual y hubo períodos de extrema rigidez, como a finales de los sesenta. Parece evidente que las relativas ampliaciones de la libertad de expresión que pudieron alcanzarse en otros momentos no pueden atribuirse a esta Ley mientras había factores externos tan importantes como la progresiva internacionalización de la cultura y los cambios en el seno de la Iglesia católica. En esta última etapa ya saldrán, por tanto, importantes revistas portavoces de una oposición antifranquista, como Cuadernos para el Diálogo, fundado en 1963 por Ruiz Giménez y que desde una posición posconciliar iría posteriormente secularizándose y adquiriendo un tono socialista; la revista ha sido estudiada por Elías Díaz, «desde dentro», y, más recientemente, por Arantxa Safón. Aún no ha sido debidamente investigada la revista Triunfo, una de las más interesantes experiencias de la oposición democrática bajo el franquismo. Debido a la presencia de colaboradores militantes como Manuel Vázquez Montalbán la revista ha sido, y es, considerada en general como publicación vinculada al Partido Comunista, aunque su antiguo director José Angel Ezcurra haya negado tal pertenencia declarándose políticamente independiente.12

A continuación, podemos averiguar cuáles eran los efectos concretos de las medidas represivas de la censura en la trayectoria de las revistas que aspiraban a una cierta independencia. Para este fin quisiera analizar, de manera muy breve, el caso de la revista Indice. Sin tener que recurrir a la historia de las intervenciones censorias en la revista ---las infracciones y sanciones sirven, más que nada, para establecer los límites de la moral franquista (Oskam La censura)---, podemos señalar las correlaciones entre el contenido de la revista y la historia ideológica del franquismo, tal como ésta ha sido definida en numerosos estudios, y como espero que haya sido aclarada en sus facetas que más interesan para nuestro tema, por el repaso de la prensa que se acaba de hacer.

Concretamente, el análisis de esta revista parece indicar que la relación más directa se da entre el contexto censorio y la temática abarcada por la revista, y que esta relación repercute, en segundo término, en su ideología. Obviamente, esta última estaba determinada por muchos más factores y se define, como hemos apuntado antes, a modo de denominador común referido a los veinticinco años de existencia de la revista, como una oposición «intramuros» al franquismo. Aparte de las referencias metafóricas a la realidad social y política, muy raras en la prensa, aunque en Indice se publicase la conocida conferencia alegórica de José Bergamín sobre el «toreo»13, resulta que el modo «posibilista» de expresar esta crítica consistía en vertirla en distintos niveles de referencialidad más o menos indirecta, o sea, en temas que le quitaran su ofensividad inmediata para el régimen. Cabe advertir, por cierto, que este recurso no ofrecía ninguna garantía de que un texto no pudiera ser tachado, dada la total arbitrariedad en el ejercicio de la censura.

Durante una primera etapa, que por razones obvias hay que situar en la primera mitad de los años cincuenta, entre la adquisición de la revista por Fernández Figueroa y su suspensión por la censura a raíz de los sucesos de febrero de 1956, la crítica aún se plantea únicamente en materias culturales y relativas a la filosofía, digamos, «pura». Es evidente que las polémicas reflejadas en las páginas de Indice se insertan en el conflicto general entre la tendencia aperturista y determinados sectores abiertos del falangismo, por un lado, y el integrismo católico, por otro. No deja de ser significativo que las dos desapariciones de la revista acaecidas en estos años, se derivasen de este conflicto: a principios de 1954 se secuestra un número especial dedicado a Baroja, al parecer por una intervención directa de la Iglesia, mientras que el número-homenaje dedicado a Ortega, a finales de 1955, parece haber sido el motivo para la suspensión del año siguiente, ordenada probablemente por el ministro Arias Salgado. La postura crítica de Indice en estos años puede ilustrarse con un fragmento en que Fernández Figueroa comenta el VII centenario de la Universidad de Salamanca, acontecimiento polémico debido a la famosa pastoral en que Antonio Pildáin, obispo de Canarias, declaró herético a Unamuno:

Nosotros, a un mes de Salamanca, y como Pedro Laín luego en Roma ante el claustro de la Gregoriana, cumplimos nuestro deber alzando en alto el nombre Unamuno contra los timoratos, los baldíos, los conformistas, los seguros en su fe como en un monopolio, a quienes esta seguridad ciega los ojos para ver la verdad en el dolor del adversario y los veneros del alma para que de ellos brote lo que esa fe que usufructúan manda: caridad y amor.14

En el segundo periodo cuyo fin pondría a finales de 1961 se impone, ante el desvanecimiento de las esperanzas de un aperturismo cultural, una toma de conciencia de las causas más profundas de lo que estaba ocurriendo. Desde puntos de vista conservadores o confusos empiezan a ser debatidas en Indice cuestiones sociales de índole todavía abstracta. La sucesiva profundización de estas polémicas culmina, sin embargo, en discusiones sobre temas como «cristianismo y burguesía», o «justicia y libertad» que permiten a colaboradores jóvenes recién incorporados, como José Aumente y Francisco Fernández-Santos, elaborar un ideario ya netamente marxista; desde luego siempre perteneciente al contraste de pareceres ofrecido a los lectores y, no se olvide, a los censores.

Con los números dedicados a la Reforma agraria y a la eventual entrada de España en el Mercado Común, al principio del período siguiente, la revista pasa a ocuparse de problemas sociales referidos concretamente a la situación española. Otra vez se trataba de un avance temático y no ideológico; no se pasaba necesariamente de los límites establecidos por el franquismo que por ese momento se veía empujado a abordar la misma problemática. Más aún, si se observa que el punto de vista de los colaboradores más avanzados resulta minoritario en los dos números mencionados. Pero en cierto modo se repite el proceso de diversificación y reorientación ideológica que se produjo en la etapa anterior. Este puede explicarse en parte también por la pérdida de los significados implícitos de los que se servía el periodismo posibilista: una vez que una temática pudiese plantearse en su forma concreta, sería difícil ya dar marcha atrás y volver a su planteamiento más indirecto, sin que la revista perdiera parte de su eficacia crítica.

En los años siguientes a la promulgación de la Ley de Prensa aparecerán las primeras colaboraciones que se refieren abiertamente a la situación política del país. Estos artículos acatan por lo general el sistema político vigente, limitándose a proponer modificaciones para el largo plazo: después de la inminente «sucesión». Parece que el ensanchamiento del enfoque nuevamente se inserta en la evolución del propio franquismo, que con medidas como la mencionada ley pretendía dar la sensación de haber superado su estancamiento político. Mientras tanto, siguen rigurosamente prohibidas e invariablemente sancionadas las críticas a la actualidad política del interior: el artículo «La peseta mordida» ---sobre la política económica del gobierno y la consiguiente devaluación de la peseta--- fue sancionado, en 1968, con una multa, y una entrevista con Dionisio Ridruejo sobre la reforma política es el motivo, en 1972, de un secuestro policial.15 Ideológicamente se produce la complicación de que, a medida que la crítica a la actuación del franquismo se va sustituyendo por los proyectos políticos para la «sucesión», el pluralismo en el cual habían confluido distintos sectores de la oposición, da paso en la revista a una homogeneidad de signo neofalangista.

Quisiera sugerir, por fin, que la decepcionante desaparición de las más importantes revistas de opinión durante la transición a la democracia tiene su explicación, en parte, en factores apuntados arriba. Hay que tener cuidado de no buscar atropelladamente la explicación de las dificultades que ha atravesado y aún atraviesa la prensa, en causas difíciles de verificar como la supuesta incultura del público lector español, explicación que indudablemente se prestará a deducciones malévolas sobre el régimen de prensa anterior. Tampoco resulta satisfactoria una explicación basada en problemas de adaptación bajo el radical cambio de las circunstancias después de la muerte de Franco16: no sólo deja sin explicar por qué desaparecieron poco después de Indice las revistas partidarias de la solución democrática, sino que intenta interpretar un importante fenómeno social a partir de un enfoque estrictamente individual. Concretamente, si Fernández Figueroa, como se ha dicho, «no supo coger el tren de la democracia», quedaría por explicar por qué sí lo cogieron antiguos amigos suyos que bajo el franquismo combinaron cargos importantes en la prensa y en la censura, como Emilio Romero y Manuel Jiménez Quílez, que se adherirían a un mismo partido de la democracia, u otro amigo con un currículum aún más impresionante en materias censorias, que como representante de ese mismo partido incluso ha llegado a la presidencia de una autonomía.17

Volviendo al examen de la temática abarcada por la prensa, es evidente que la prensa crítica, diaria y no diaria, está referida hoy día explícitamente a la actualidad social y política; bajo la dictadura, en cambio, la crítica había de enfrentarse con el sistema político en general, más que con su actuación concreta. Además, si se trataba de una crítica directa al régimen, ésta tropezaría indudablemente con la censura, y en particular con las estipulaciones de la Ley de Prensa sobre el Orden Público o el respeto a las personas e Instituciones. Quizás no sea exagerado insistir en esto, ya que el último precepto no sólo se utilizaba para evitar que se escribieran cosas feas sobre Franco, sino que efectivamente tenía que impedir la crítica directa. Sirva como ejemplo de la mentalidad reinante esta apelación del ministro de Obras Públicas al de Información y Turismo, motivada por un artículo en una revista tan poco sospechosa de intenciones revolucionarias como Criba, sobre el progreso en la construcción de autopistas, fechada en septiembre de 1973:

Me ocupa que puede abrirse camino a esta campaña contra el Plan General de Autopistas, que es el programa de infraestructura más ambicioso y espectacular que tiene hoy nuestro Estado. Cuando no teníamos autopistas ni esperanzas de ellas, los enemigos nos atacaban por esta omisión. Ahora que estamos batiendo un record nacional y europeo en el lanzamiento de estas vías de comunicación, nos critican porque no van a ser rentables. Es una operación política que incide sobre un tema capital.

Si la revista en cuestión tiene alguna subvención, creo que habría que retirársela inmediatamente. Me parece inaceptable que apoyemos a los que atacan al Estado.18

No parece muy atrevido afirmar que un periódico como El País desempeña una función parecida a la que anteriormente en el mismo ámbito social correspondía a las revistas citadas. De modo muy general cabría afirmar que en el sistema político vigente el acatamiento de la actualidad, aun desde las posiciones más críticas, tiene su fundamento en una situación en la cual el público lector de la prensa ve libre el acceso a la participación en el poder. Si aceptamos esta hipótesis, podemos señalar las consecuencias prácticas de esa evolución política e ideológica para el ejercicio de la profesión periodística: al asumir la noticia parte de la función crítica del ensayo, éste y sus representantes ---muchas veces significativamente procedentes de una de las revistas comentadas--- se ven limitados a las páginas de «opinión» en la prensa actual.

OBRAS CITADAS

* Abellán, Manuel L.. Censura y creación literaria en España. Barcelona: Península, 1980.
* ---. «Censura y práctica censoria». Sistema 22 (1978): 29-52.
* ---. «Los diez primeros años de INSULA (1946-1956)». Sistema 66 (1985): 105-114.
* ---, ed. Medio siglo de cultura (1939-1989). Diálogos Hispánicos de Amsterdam 9. Amsterdam/Atlanta: Rodopi, 1990.
* Abellán, Manuel L. y Jeroen Oskam. «Función social de la censura eclesiástica. La crítica de libros en la revista Ecclesia (1944-1951)». JILS/CIEL 1.1 (1989): 63-1989.
* Alvarez, Carlos Luis. Las 101 «Ultimas Horas» de Cándido. Historia de una evolución y un conflicto. Madrid: Indice, s.a..
* ---. Un periodista en la dictadura. Madrid: AQ Ediciones, 1976.
* Amell, Samuel. «Formas de censura en la literatura del posfranquismo». Letras peninsulares 2 (1989): 313-321.
* Arias Salgado, Gabriel. Textos de doctrina y política de la información. Madrid: Secretaría General del Ministerio de Información, 1956.
* Barrero Pérez, Oscar. «El reducto de la estética socialrealista: Acento Cultural (1958-1961)». España Contemporánea 4.1 (1991): 7-22.
* Bonet, Laureano. La revista «Laye». Estudio y antología. Barcelona: Península, 1988.
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NOTAS
1. Carlos Luis Alvarez, «semioperiodista» por excelencia, evoca: [Manuel Jiménez Quílez, Director General de Prensa] dijo que el ministro [Fraga] había dado órdenes para que yo no publicase nada sin verlo él, y la explicación está en que yo engañaba a los pobres censores como me daba la gana. La censura acabó por otorgarme un estilo diabólico, de intención astillada y esmerilada, cuya cola de pavo real velaba la navaja cabritera.» (Un periodista 177). En otro lugar, el mismo autor describe su peculiar evolución ideológica y profesional que le hace colaborar, a veces en el mismo momento, en publicaciones tan dispares como ABC, Punta Europa, El Español e Indice (Las 101 «Ultimas Horas», prólogo). Para algunos datos inéditos utilizados en este trabajo recurro al testimonio personal de distintos periodistas de la época. Mi agradecimiento, en particular, a Carlos Luis Alvarez, José Angel Ezcurra, Angel Fernández-Santos, Juan Fernández Figueroa, Eusebio García-Luengo y Magdalena Ruiz de Elvira.
2. Así es, más o menos, cómo se trata el asunto en De la turba gentil... y de los nombres, de Dámaso Santos, el antiguo crítico literario de Pueblo. Más sorprendente es el extraño capítulo que Justino Sinova dedica a la defensa de Camilo José Cela.
3. Según la Ley de Prensa promulgada en el Boletín Oficial del Estado de 23 de abril 1938 (pp. 6915-17), en su artículos segundo y, sobre todo, octavo: «De todo periódico es responsable el director, que deberá necesariamente estar inscrito en el Registro Oficial de Periodistas, que se llevará en el Servicio Nacional de Prensa, y ser aprobado en este cargo por el Ministro.»
4. Víctor García de la Concha señala la proliferación de las revistas literarias durante toda la década de los cuarenta y su interés debido a que en ellas se produjese la «sucesión dialéctica de los distintos frentes estéticos» que explica «la genética de las tendencias que lograron predominar» (Concha Espadaña 380).
5. En el número de 10 de abril de 1943, Jesús Revuelta, «Necesidad de un tempismo literario»; a la semana siguiente, una antología de la poesía del grupo bajo el título «Juventud creadora» (que sería el subtítulo de Garcilaso).
6. Carta pastoral ¿En vísperas de persecución? (1923), cit. en Tello Lázaro Ideología 27.
7. Editorial de Ecclesia, «Derecho a ser informados», primer semestre 1950: 144.
8. Cit. en Tussell 346. La polémica desarrollada en El Español y Ecclesia se recogió después en el libro firmado por Arias Salgado (como autor verdadero se menciona a Valentín Gutiérrez Durán). Cfr., más en general, los estudios de Abellán y Terrón Montero.
9. En su nº 80 (p. 19), Indice cita un artículo aparecido en la prensa anarcosindicalista del exilio, en el que se acusa a Indice de ser un medio de infiltración del franquismo. Algunos años más tarde, el órgano del exilio liberal en Nueva York acusó a Fernández Figueroa de haber vendido la revista al Opus; Ibérica 10 (15 de octubre, 1959): 8A.
10. Resulta interesante el estudio de Oscar Barrero Pérez sobre esta última revista, si bien no nos parecen acertadas sus conclusiones. La función de estas publicaciones no estribaba en evangelizar al pueblo, sino en fomentar la reconstrucción de la conciencia crítica en círculos intelectuales. Interpretar la tolerancia oficial frente a tales revistas rebeldes como un consentimiento premeditado de válvulas de escape para la inquietud juvenil, significa a nuestro modo de ver subestimar las ambivalencias inherentes a ese proceso dialéctico.
11. Oficialmente, Laye era el boletín del Colegio de Doctores y Licenciados en Barcelona; se editaba con dinero de la Delegación de Educación Nacional en aquella ciudad. Según Esteban Pinilla de las Heras, no se sometía a la censura previa «por razones burocráticas todavía hoy no esclarecidas» (23).
12. El que José Angel Ezcurra haya sido considerado a menudo como «compañero de viaje» del Partido Comunista, se remonta probablemente a su paso, en 1955, por la dirección de la revista cinematográfica Objetivo, creada dos años antes por un grupo de jóvenes realizadores y críticos de cine como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Eduardo Ducay y Ricardo Muñoz Suay. Este último era, a principios de los cincuenta, el enlace del PCE en los medios intelectuales de Madrid y, pese al escaso interés por el cine hasta entonces en el partido, Objetivo ha sido equiparada a la revista italiana Cinema (Morán 232-233).
El episodio marcó el principio de la evolución de José Angel Ezcurra, procedente de un ambiente de derechas ---y cuñado de José Luis Villar Palasí, Ministro de Educación entre 1967 y 1973---, evolución que también transcendió a sus actividades periodísticas. Truncada la experiencia de Objetivo, participaría en la fundación de nuevas revistas como Primer Acto (1957), Nuestro Cine (1961) y, en los últimos años del franquismo, Hermano Lobo. También en Triunfo ---considerada en los años cincuenta, repetimos, como revista de lectura en las barberías--- se patentizaría esta evolución.
La presencia de comunistas militantes en la redacción de Triunfo fue la consecuencia lógica de este acercamiento a la oposición antifranquista. Esto no quiere decir que el Partido Comunista dirigiera o intentase controlar la revista: si bien su política cultural estuvo encaminada, obviamente, al contacto y la difusión de sus ideas en círculos intelectuales del interior de España, no parece que adoleciera de tal dirigismo.
Ezcurra achaca la desaparición de Triunfo al núcleo de colaboradores comunistas de su revista, que durante la transición se apartaron de ella para fundar la revista La Calle.
13. José Bergamín, «El toreo, cuestión palpitante» (conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid), Indice 147 (marzo 1961): 5-7.
14. J. Fernández Figueroa, «Carta del director. «Di tú que he sido»», Indice 68-69 (octubre-noviembre 1953): 1-2. Para la posición católica, véase «Don Miguel de Unamuno, hereje máximo y maestro de herejías (Carta pastoral del obispo de Canarias)», Ecclesia 2º semestre (1953): 373-374.
15. «La peseta mordida» en el nº 226, y la entrevista con Dionisio Ridruejo en el nº 314, secuestrado.
16. En un plano económico, resulta sin embargo interesante la opinión de Eduardo de Guzmán según la cual la desaparición de las revistas se debe a un «aumento desmesurado de los costes de producción y merma de los imprescindibles ingresos por publicidad», aunque quizás sea excesivo ver en esta situación una maniobra ideada a tal fin por el franquismo (419-420).
17. Es más: sorprende ver lo fácil que ha sido para muchos viajeros transbordarse sin tener que dejar ni siquiera la parte más mínima de su equipaje en el «tren de la dictadura». Piénsese, por ejemplo, en los nombres de las calles: en la base aérea de Talavera la Real (Badajoz) continúa habiendo una calle interior dedicada a nada menos que la Legión Cóndor. La situación llega al extremo anécdotico de que en la ciudad de Cáceres, donde se decidió cambiar los nombres ---los de José Antonio, General Mola, Generalísimo Franco, la División Azul--- en el otoño de 1990 (!), un concejal perteneciente a cierto partido de la democracia pidió los antiguos rótulos para una colección personal.
18. Carta de Gonzalo Fernández de la Mora, Ministro de Obras Públicas, a Fernando de Liñán y Zofio, Min. de Información y Turismo, 22 de septiembre 1973 (Archivo Gral. de la Administración Civil, Alcalá de Henares).

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MensajePublicado: Vie 6 Feb 2009, 10:27 pm    Asunto:   Responder citando
¡Fotos!... con Antonio de Lara, Tono, donde no solo se hablaba de cine.

Otras revistas, como lecturas, que antes de ser del colorin, eran de eso, de "lecturas".

Y fijate que yo hablaria hasta de digame, de K-hito. O de lo que los Destino hicieron. E incluso, porque no, de alguna excelente publicación del SEU donde despuntaron firmas que despues se hicieron famosas.

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MensajePublicado: Vie 6 Feb 2009, 10:50 pm    Asunto:   Responder citando

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MensajePublicado: Vie 6 Feb 2009, 10:51 pm    Asunto:   Responder citando
Ayy...esa esvástica...


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Viriato
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MensajePublicado: Vie 6 Feb 2009, 10:53 pm    Asunto:   Responder citando

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